viernes, 21 de abril de 2017

Noticia y relato.

Buenas noches desde el rincón en el que escribo.

La entrada de hoy la quiero aprovechar para hacer un anuncio, hemos sido finalistas nuevamente en un concurso literario, hablo ne plural pues hemos sido finalistas mi hermano y yo. En esta ocasión es en un concurso de Ojos Verde Ediciones, pronto espero compartir la portada del recopilatorio con vosotros y en un futuro el relato, pero de momento quería daros la noticia.

Y hablando de relatos tengo pendientes con vosotros uno de los relatos con los que fui finalista en otro concurso. Así que sin más demora os dejo el relato en cuestión. Este era del II Concurso Donbuk de relatos de Terror. El relato se titula BAJO LAS SÁBANAS, espero os guste.

María estaba arrebujada bajo las sábanas de su cama. Temblaba y no era de frío. Estaba pasando la peor noche de sus siete años de vida. Había tenido miedo en otras ocasiones, pero eran miedos racionales, tenía miedo a las alturas, a quedarse sola e incluso a la oscuridad. También había tenido pesadillas en incontables ocasiones y siempre se despertaba agitada y llorando, pero la visión de la realidad le devolvía la tranquilidad, «estás soñando, todo está bien» se decía a sí misma. Pero esta vez estaba despierta y su miedo no era racional pues no podía ser cierto lo que le pasaba. Mientras sus padres tenían, en el piso de abajo, una orgia silenciosa con sus amigos, José (Cuervo), Marie (Brizard), Jim (Beam), Jack (Daniel’s),  Rémy (Martin) y Johnnie (Walker), ella estaba recibiendo la visita más aterradora que un niño pudiera recibir.

Pese a que era noche cerrada no había podido dormir pues había notado su presencia en cuanto subió, sola, a su habitación. Se quitó su ropa y se puso rápidamente el camisón y se metió entre sus sábanas, buscando el cobijo en ella como si una fortaleza inexpugnable se tratara. Pero no había servido de nada, él estaba cada vez más cerca. Escuchaba, primero las cadenas que arrastraba al caminar, después su respiración agitada y por último sus sibilantes palabras llamándola con una voz que sólo podía existir en algún rincón olvidado del infierno. «¡María!, ¡María!» Olía su pútrido aliento que hacía que toda la habitación hediera a muerte y ella se abrazaba más y más a Run, su osito de peluche favorito. Nuevos pasos que crujían sobre el parqué de su habitación, acompañados de la cadena que los precedía, debía estar rodeando su cama. Sus amigos de clase le habían dicho que encendiendo la luz el hombre del saco desaparecería para siempre pero ella no podía encender la luz pues sus padres sabrían que está despierta y subirían y le pegarían, siempre le pegaban cuando estaban con sus amigos y hoy había muchos por el ruido de cristales que escuchaba.

Cerró sus ojos y tapó sus oídos con sus manitas sin soltar a Run de su lado mientras movía sus labios de manera silenciosa mientras decía aunque en realidad no sabía a quién lo hacía «¡Por favor! Haz que se vaya, que se vaya y que no esté»  Abrió sus ojos, los tenía tan cerrados que le empezaba a doler la cabeza, y comprobó que seguía bajo su sábana y que su peluche seguía a su lado, pero algo no estaba bien. Sus manos temblaban y ya no escuchaba aquellos pasos ni aquellas cadenas. Tampoco se escuchaban los ruidos de cristal en la planta de abajo. Ahora sólo se oía una risa, una risa macabra y unos pasos que subían por los escalones. Esos escalones siempre crujían, incluso cuando los pisaba ella que pesaba tan poco, pero esta vez no crujían, alguien subía por ellos pues escuchaba algo parecido a «tum, tum, tum». Los pasos se acercaban a su alcoba y se asomó apartando un poco la sábana, haciéndola a un lado.

Y sentado sobre su colchón a los pies de la cama estaba él. Por primera vez lo veía. Era enorme, mucho más grande que cualquier persona que hubiera visto antes. Parecía una montaña más que una persona. Su cabeza, del tamaño de una pelota de baloncesto era grotesca, tenía tres ojos, el de la derecha de color marrón, el de la izquierda color azul y el del centro de un tono negro que parecía un espejo, su boca, descomunalmente grande carecía de dientes, tan sólo un par de colmillos que eran tan grandes que ni  siquiera su boca era capaz de contener. Carecía de nariz y en su lugar un pico como de cuervo pero mucho más grande y por orejas algo que se parecía mucho a una aleta de tiburón. Y lo peor de todo es que le estaba mirando, ¡con una ¿sonrisa?! Sus manos enormes reposaban sobre unas rodillas y de sus pies, tan grandes que parecían almohadas una cadena gruesa y negra colgaba uniéndolos. Y aquel «tum, tum, tum» cada vez estaba más cerca. Hasta que el ruido cesó justo delante de su puerta.

No pudo soportarlo más y se volvió a meter bajo su sábana y gritó, gritó como no lo había hecho en su vida. Fue un solo grito, largo, intenso y agudo. Tras gritar aguardó bajo sus sabanas. Sabía que sus padres subirían y le pegarían, pero aquello era mejor que aquel horrible ser que descansaba a los pies de su cama. Mejor que aquel sonido que no sabía que era pero la atemorizaba. Y finalmente la puerta de su cuarto se abrió. El crujido que hizo se debió escuchar en todas las casas del barrio y lo más curioso de todo es que aquella puerta no crujía nunca. Aguardó bajo las sábanas. Sus padres no tardarían en sacarla de su escondite y le darían una paliza. Los segundos pasaban como si fueran minutos y nada pasaba. Así que decidió salir, poco a poco fue echando para atrás la sábana y asomó, primero a run para que comprobara que no había peligro y luego salió ella. Allí, junto al quicio de la puerta no estaba papá como esperaba, tampoco mamá, allí sólo había una esquelética figura envuelta en una túnica negra con capucha de la que dos ojos rojos brillaban llenando la pequeña habitación de un espectral brillo.

– Hola María – dijo – ¿cómo estás?

– Bien – dijo ella tratando de no mostrar el miedo que sentía – ¿qué haces aquí?

– Acaso, ¿sabes quién soy?

– Sí, eres la muerte, y vienes a por mí.

– Tienes razón – dijo y una carcajada macabra brotó de su ¿garganta? 

– pero no en todo. Sí soy la muerte, pero no vengo a por ti, eres joven aún.

– Entonces, ¿qué haces en mi cuarto?

– Vine a buscar a tus padres y quise asegurarme que estabas bien, entonces vi a mi amigo y supe que estarías bien para siempre.

– ¿Él es el que me va a matar?

– Nadie te va a matar. Mi amigo, aquí sentado se llama olvido y quiere que le acompañes, ¿quieres ir con él? Si estás con él nadie te hará daño nunca más.

– ¿Puedo llevarme a Run conmigo?

– Por supuesto – dijo la voz del gigantón.

María se puso en pie, y le tendió la mano derecha a aquella figura sentada en su cama, este se puso en pie y la tomó y arrastrando su cadena empezó a caminar. Ella la seguía, sin soltar su mano de la de aquella montaña, en su otra mano su adorado peluche. La esquelética figura les seguía. María no quiso mirar cuando pasó junto a los vasos y las botellas vacías que había junto a sus padres que parecían dormir cada uno sobre un sillón y salió a la calle junto a su viejo amigo Run y su nuevo amigo olvido.

A la mañana siguiente la policía encontró los cadáveres de un matrimonio rodeados de botellas y vasos. Habían sufrido un infarto producido por una ingesta excesiva de alcohol pero nadie cayó en la cuenta de que allí también vivía una niña, nadie la buscó ni volvieron a tener noticias de ella pero hay quien la ve a veces, en una curva en la carretera.

Por hoy ya está todo, nos vemos en "Mi Rincón de Escribir". Nos leemos.

martes, 18 de abril de 2017

Entrevistas

Buenas noches desde el rincón en le que escribo.

No quiero que nadie piense que me he olvidado de este blog, nada más lejos de la realidad. Simplemente alguien me dijo que era mejor llevar un ritmo más relajado a la hora de subir actualizaciones en este lugar. Así que a partir de ahora llevaré un ritmo más relajado pero sin olvidarlo.

Lo que quiero compartir con vosotros hoy son diversas entradas de entrevistas que me han hecho, la primera es en la revista mensual local de La Llagosta, el 08CENTVINT, aquí el enlace a la entrevista conjunta que nos hicieron a mi hermano y a mi:

http://www.08centvint.cat/blog/pepe-ramos-i-samuel-ramos-per-no-poden-escriure-novel%C2%B7les-ambientades-la-llagosta/ 

La siguiente es del diario digital MUNDIARIO, Gracias a David López Rodríguez:

http://www.mundiario.com/articulo/cultura/samuel-ramos-nos-presenta-amonathep/20170403071422084511.html

El siguiente enlace es de una entrevista para el blog de la Editorial Leibros, que es la editorial con la que he publicado mi primera novela Amonathep:

http://editorialleibrosblog.blogspot.com.es/2017/04/entrevista-samuel-ramos.html

El último enlace que quiero compartir con vosotros por ahora es el de la entrevista que me hizo Ana González Rey para su blog "El rincón revoltoso", Gracias Ana, aquí dejo el enlace:

http://anitansf.blogspot.com.es/2017/03/entrevista-samuel-ramos.html

Por ahora es todo, queda pendiente el último relato con el que fui finalista, eso será para otro día. Nos vemos en "Mi Rincón de Escribir". Nos leemos.


viernes, 31 de marzo de 2017

Nuevo relato

Buenas noches desde el rincón en el que escribo.

Hace ya algunas entradas hablé de unos concursos que he ganado o he resultado finalista. Ya he compartido dos de esos relatos, los más antiguos, pronto compartiré los más actuales, pero la entrada de hoy es, sí, para poner uno de ellos, corto, era para un concurso de terror, concretamente el V concurso de terror Artgerust. En esta ocasión el tema elegido por la editorial era los vampiros. Aquí va mi relato.

CARROMATO
El destartalado carromato se detuvo junto a la puerta del castillo. El hombre montado en el asiento era alto y delgado casi esquelético de cabello largo y negro. La puerta del castillo se empezó a abrir y un rayo cayó del cielo muy cerca, tanto que la carreta tembló, pero semejante estridencia no pudo silenciar el chirrido de la puerta. En el umbral de esta se divisaba la figura, pálida como la muerte del Conde.
—¿Me traes lo que te pedí enterrador?
—Así es Conde…
—Llámame Vlad.
—Como guste Vlad, pero cada vez es más difícil encontrar mujeres vírgenes que drogar y meter en el ataúd.
—Lo sé, en ese caso me buscaré otro alimento.
Y lo siguiente que recuerda es al Conde colgado de su cuello, succionando su sangre. Mientras la vida se le iba pensó en la joven del ataúd. ¿Qué pensará Vlad cuándo sepa que no es virgen?

Próximamente compartiré también el resto de relatos que escribí para este mismo concurso y que no resultaron finalistas, por hoy es todo, nos vemos en "Mi Rincón de Escribir". Nos leemos.

jueves, 30 de marzo de 2017

La creación de una novela.

Buenas noches desde el rincón en el que escribo.

Una vez, hace poco, alguien me preguntó cuánto se tarda en escribir una novela. La pregunta tiene complicación. No se puede medir en tiempo pues depende de muchos factores, la inspiración, el tiempo que tengas y dediques a escribir, como te fluyan las ideas, etc. Yo puedo responder a cuanto he tardado en escribir las dos que de momento tengo escritas, ojo, digo escritas no editadas.

La primera, "Amonathep, La historia del asesino de la mano derecha" tarde aproximadamente un par de años o algo más. Hay que tener en cuenta que la escribí íntegramente a mano en una libreta y tan solo lo hacía en el tren de camino al trabajo o a casa y en el descanso para comer. Luego, una vez acabada, tardé una barbaridad en pasarla a ordenador, pero eso es otra historia.

La segunda novela, "El toque", fue más rápida, supongo que el hecho de escribirla directamente en el ordenador y dedicarle algo de tiempo todos los días influyó a ello. También el hecho de que me fluía las ideas nada más sentarme ante el teclado. Por eso si me preguntasen de nuevo "¿Cuánto se tarda en escribir una novela?" mi respuesta volvería a ser la misma. Depende.

Hasta aquí la entrada de hoy, mañana más. Nos vemos en "Mi Rincón de Escribir". Nos leemos.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Otro relato

Buenas noches desde el rincón en el que escribo.

Pues como reza en la entrada hoy comparto con vosotros otro relato, en este caso con el que gane el primer premio en el Sant Jordi literario del instituto Marina hace ya tanto que ni me acuerdo. En esta ocasión se titula "Va de piratas" y es el siguiente:

Patricia Castro. Patricia Castro es la hija de Don Lope, un hombre Rechoncho, rico y bonachón, que para colmo es gobernador de Curaçao. Patricia es una mujer joven, no tiene más de veintitrés años, guapa y muy, muy lista. Al ser la única hija del gobernador de una isla del Caribe, fue educada como si hubiera sido un varón. Pero también fue preparada para las artes típicas de las damas. En lo primero le enseñó uno de los mejores esgrimistas del mundo y el mejor del Caribe, que además es el lugarteniente de Don Lope: Lucas Van Kranner. En lo segundo Agatha Gres, una portuguesa que era ama de llaves de la madre de Patricia, y que ahora, tras la muerte de la mujer de Don Lope, es ama de llaves de Patricia. Patricia también recibió una cultura digna de un príncipe. Su maestro en este campo fue el monje Calvinista y hugonote: François Deneur. Este joven fraile acabaría colgando los hábitos para... No, no adelantemos acontecimientos. En resumen, Patricia es una belleza, alta, de claros ojos y cabello largo y dorado como el sol en primavera. Según su Ama de llaves, la tercera mujer más bella del Caribe. Según su maestro de esgrima, el segundo mejor espadachín de las Americas. Según Fraçois, era el cerebro más privilegiado de medio mundo. Su vida era tranquila hasta que un día...
El Principio.
Patricia leía tranquilamente en el jardín de su casa. Su padre recibió una carta que cambiaría la vida de su hija. En cuanto Patricia vio a su padre salir como una exhalación y una sonrisa de oreja a oreja y se puso a gritar como un loco: «Me voy a la Guayana», Después pidió a Lucas que le acompañara, aunque no era un viaje oficial quería su protección. Patricia le besó, le deseó feliz viaje y siguió leyendo. Cuando su padre se marchó, fue a visitar a su gran amigo François. Tras un largo rato de charla, no recuerdo como salió el tema, Fraçois le explicó que un nuevo pirata estaba atacando a los barcos españoles que navegaban cerca de la Guayana. «Este nuevo pirata es holandés y diestro con la espada», dijo. Cuando Patricia oyó esto se puso muy triste y una lágrima brotó de sus ojos. Ella, tras abandonar la casa de Fraçois, volvió a su casa para practicar con la espada e intentar mejorar su ya excelente puntería con su pistola.
Un día, durante su clase de violín recibió una terrible noticia: El barco en el que viajaba su padre había sido abordado. No sobrevivió nadie. Patricia salió corriendo de la sala, dejando a Agatha plantada en medio del salón con dos violines en las manos. Corrió a su alcoba, se puso su disfraz de varón (ya que sin el jamás la habrían dejado subir a un barco debido a lo machista de la sociedad), se ciñó la espada, preparó un breve equipaje, cogió el salvoconducto del rey de Nueva España y se preparó a partir hacia la Guayana. Aún no sé si fue la voluntad del Señor, pero Fraçois llegó en ese instante. Primero intentó convencerla para que no hiciera el viaje, y en vista de no lograrlo, la convenció para ir él con ella.
Naufragio.
Patricia y François viajan a bordo de un barco de mercancías llamado «Nuestra Señora del Mar». Patricia pronto se hará amiga mía. Yo soy Claudia, hija del capitán del barco y cocinera del grupo. Cuando vi a Patricia por primera vez me pareció un apuesto galán, cuando la conocí, supe que era la mujer más maravillosa del mundo. Nos hicimos muy amigas. Ella me reveló su secreto y yo le conté el porqué iba en ese barco. Mi madrastra, Caroline, una francesa remilgada y creída, me había convencido para irme a vivir con su hermano Claude. Mi padre no estaba de acuerdo, pero aceptó sin rechistar. Pero ahora volvamos con la historia que nos ocupa. Patricia me presentó a su amigo Fraçois y esa misma noche fuimos al camarote de él para preparar nuestro «ataque» a los piratas. Mientras mirábamos una carta de navegación (que por cierto, yo no entendía) recibimos una serie de cañonazos. El barco se balanceó de un lado a otro y acabó chocando contra unas rocas. El barco se partió en dos.
Nosotros fuimos a parar a una playa. Perdimos el conocimiento. Patricia, muchas horas después del accidente, se despertó. Ya era de día. Había perdido parte de su disfraz, pero seguía pareciendo un hombre. Nos llamó a todos. Bueno, a François, un a un viejo fraile Franciscano que meditaba en su camarote cuando ocurrió el accidente, y a mí. Nos encontrábamos en la playa de, posiblemente, una isla. Como no conocíamos el lugar, fuimos a descubrirlo, no sin antes almorzar. Cuando llevábamos casi tres horas de caminata, una especie de dardo se clavó en la pierna del padre Juan, que así se llamaba el fraile. Nos giramos hacia donde había venido el dardo y vimos a un zulú de hercúleo cuerpo, más de dos metros de altura y una cerbatana en su mano. Patricia desenvainó su espada y se dirigió hacia él. Cuando ella vio que levantaba su cerbatana, se echó al suelo y empezó a rodar. François y yo la imitamos pero el padre Juan, debido en parte a su gran barriga y en parte a que tenía su pierna derecha inmovilizada a causa del veneno que contenía el dardo, no se pudo agachar, y el segundo dardo se clavó en su cuello. Murió al instante. El zulú, que sin su cerbatana estaba desarmado, cogió una piedra de gran tamaño y la elevó sobre su cabeza. Patricia, que estaba a cinco escasos metros no lo vio, François le gritó justo cuando el negro lanzaba la piedra sobre la cabeza de Patricia. Esta cayó conmocionada al suelo. François, presa de un impulso desconocido, se abalanzó sobre nuestro oponente, pero a mitad de camino fue interceptado por un extraño palo en forma de «V» que después me enteré que se llamaba «Boomerang». François también quedó inconsciente. Yo, desde mi privilegiada posición entre matorrales, pues no me habían visto, pude ver como cinco negros más se acercaban a la zona. Dos de ellos cargaron con Patricia y con François, uno con cada uno, y se adentraron en la jungla. Otros dos empezaron a despedazar e ingerir el cuerpo del padre Juan. Él que nos atacó y otro zulú siguieron a los dos primeros. Fue entonces cuando vi a lo lejos un barco con bandera negra del que salían dos botes cargados de piratas. Los zulúes, cuando vieron esto, salieron corriendo en dirección a la jungla. Yo pensé, «pies, ¿para qué os quiero?», pero tras una larga reflexión, bueno no tan larga, preferí quedarme a ver que pasaba. Y pasó lo que era de esperar: Una veintena de indígenas salieron para defender sus tierras mientras una treintena o más de piratas llegaban aquí para saquear la isla, aniquilar indígenas, y aprovecharse de las indígenas. Mientras estos dos bandos se peleaban, aproveché la distracción general para adentrarme en la jungla y llegar hasta el poblado. Cuando llegué, me encontré con François (ya consciente) atado a un tótem y ví a Patricia dialogando con el jefe de la tribu. Me acerqué y pude oír lo siguiente:
—Yo soy un hechicero poderoso—dijo Patricia en tono convincente.
—Pues, demuéstralo—le replicó el jefe de la tribu en el dialecto Potosí.
—Lo haré, me transformaré delante de todos vosotros en mujer—volvió a decir Patricia mientras movía ágilmente sus manos tratando de enredar al jefe. Como eso no causó el efecto que ella esperaba, optó por cerrar los ojos, concentrarse durante unos segundos, suspirar amargamente, y empezar a desabrocharse la casaca. Abrió los ojos, miró al jefe y le dijo mientras mostraba sus senos—contemplad mi torso, ¿es este el pecho de un hombre?—Los zulúes maravillados se arrodillaron ante ella y la dejaron marchar. Se abotonó la casaca, liberó a Fraçois y recuperó su arma. Salimos corriendo, una vez se unieron a mi, claro, en dirección a la playa. Pero justo cuando estábamos atravesando la jungla, un grupo de unos quince piratas se nos pusieron delante barrándonos el paso. Fue como salir del fuego para ir a caer en las brasas. Patricia nos hecho hacia atrás y sacó su espada. Cuando los piratas vieron esto se pusieron a reír y dijeron: «Un solo hombre contra quince fieros piratas». Los filibusteros, a pesar de sus risas sacaron sus machetes. Patricia se defendió ferozmente, incluso acabó con unos siete piratas. Pero una trampa que le tendió uno de ellos la noqueó y la dejó fuera de combate. Cuando se disponía a matarla François gritó: «¡No lo hagáis!». Los piratas se giraron hacia él y le dijeron:
—¿Por qué no matar a un peligroso rival?—Preguntaron.
—Seguro que vuestro galeón necesita remeros, ¿no?—Dijo François inteligentemente—Pues aquí tenéis a tres. Pedro García español, la chica es claudia, excelente cocinera, y yo soy François Deneur, aprendiz en el sacerdocio.
—Eres muy listo—replicó el que parecía el cabecilla—coged a la chica, al fraile y al guerrero y llevadlos al barco. El capitán estará contento—les dijo a los otros corsarios.
Yo, mientras François despistaba a los piratas, aproveché la coyuntura y cogí unas cuantas dagas de los muertos y me la escondí entre mis vestiduras.
Los bucaneros nos llevaron hacia un lugar de la playa donde había dos botes. Nos subieron en uno y ellos subieron en el otro. Nos remolcaron hasta un enorme barco cuyo nombre era «Liberty». A mi me llevaron a una bodega donde había un montón de toneles con ron y enormes cajas de carne y pescado salado. Yo sabía que me tendrían allí hasta que tuvieran ganas de divertirse, solo entonces me dejarían salir, y sería para volver al cabo de algún tiempo. A François y a Pedro, que era como dijimos que se llamaba Patricia, los llevaron a una cámara donde había un grupo de unos cincuenta hombres remando. Un enorme negro tocaba un timbal mientras un pirata se paseaba de arriba a abajo con un látigo para castigar a los rebeldes.
Viajando hacia la libertad.
Mientras estaba intentando forzar la puerta de la bodega para salir, escuché a un pirata hablar con su jefe, un hombre de acento holandés, y este decía:
—Te aseguro que es un espadachín de primera, él sólo acabó con siete de los nuestros—dijo el pirata.
—Solo puede ser una persona...—Pude oír que decía el capitán mientras se alejaban, la cual cosa me impidió oír el resto de la conversación.
Finalmente logré abrir la puerta. Bajé por la escalera hasta la cámara de los remeros. El pirata del látigo estaba durmiendo y el negro estaba distraído. Me acerqué cautelosamente a Patricia y a Fraçois, les di una daga a cada uno, les pregunté por qué no nos amotinábamos y me dijeron que había que esperar para ver a donde se dirigía el navío. Me dijeron que me escondiera bajo el banco en el que ellos estaban sentados. Empezó a anochecer y una ligera llovizna oscureció aún más la noche. Fue entonces cuando le llevaron la comida a los remeros: Agua tibia con un color grisáceo y un trozo de carne salada. Mientras comían se oyó el ruido de bajar anclas. El pirata del látigo, despertado cuando fueron alimentados los remeros por el golpe de otro pirata, empezó a subir las escaleras que conducían a cubierta. En ese momento, François lanzó su daga contra el negro. Se la clavó en el pecho y no pudo dar la alarma. François dijo que su lanzamiento fue un golpe de suerte ya que era la primera vez que lanzaba una daga. Tras liberar a los demás remeros y recuperar la espada de Patricia, empezamos un motín. Subimos a la cubierta y el grupo de remeros empezó a golpear a los piratas que allí había. François cogió un machete, y siguiendo a Patricia, bajamos del barco.
La isla del tesoro.
El barco estaba anclado en una gruta dentro de una cala. La lluvia caía suavemente sobre nuestra cabeza. Eso nos hizo sentirnos vivos y libres. Cuando ya pisamos tierra fuimos hacia el único lugar al que se podía ir, una casa en una colina. Antes de llegar se nos unieron un grupo de doce que nos dijeron que el resto se había ido a su hogar. Llegamos a la casa y un disparo nos paralizó en la puerta. La puerta acabó de abrirse y allí lo vimos. Era un guapo marino, moreno, de claros ojos y complexión fuerte. Iba vestido con una casaca roja, pantalones marrones y botas de piel negra. Sostenía una pistola con su mano derecha y un sable con la izquierda. Silbó. En ese momento, mientras nos rodeaban un grupo de piratas, él dijo:
—Tirad las armas y no tomaremos represalias—habló con claro acento portugués.
—No te creemos. Preferimos luchar y morir que rendirnos y remar toda la vida—protestó un remero.
—Además, ¡nada se ha escrito sobre los cobardes!—Dijo enérgicamente Patricia mientras luchaba con el pirata que tenía delante.
Así fue como se formó una melé entre los piratas, los remeros, y nosotros. Mientras estábamos peleando un hombre pelirrojo, con una frondosa barba y un aro de oro en su oreja izquierda, entró en escena. Llevaba una espada en la mano. Cuando Patricia lo vio, gritó: «¡¡¡¡¡TÚÚÚÚÚÚ!!!!!» y se lanzó a por él. Fraçois, que demostró ser un gran luchador, miró al tipo y después me dijo:
—Ese es Lucas Van Kranner, lugarteniente de su padre y su maestro de esgrima. Va a ser una buena pelea.
No se equivocó. La pelea no tenía un dominador claro. Primero fue Lucas el que parecía tener ventaja, pero tan rápido como ganaba un par de pasos, los perdía a los pocos segundos. Nosotros, mientras, conseguimos reducir al grupo de piratas. Pero la pelea entre Lucas y Patricia parecía eterna. De repente, atacado por un azote de rabia, él lanzó un ataque con tres fuertes golpes de muñeca contra Patricia. Esos tres golpes de muñeca causaron tres cortes en Patricia. El primero en el brazo izquierdo (Patricia es zurda.). El segundo en la pierna derecha y el tercero en el abdomen. Todo fueron cortes superficiales, pero hicieron flaquear a Patricia. Esto enfureció mucho a Patricia. Mientras acorralaba a Lucas contra la pared, le contó quién era. Finalmente, tras destrozarle parte de sus vestiduras, le dijo: «Y una vez más fue mejor el alumno que el maestro». Y una vez dicho esto le atravesó el corazón con su espada. Patricia se giró hacia nosotros. En ese momento, Lucas quiso acabar el trabajo que empezó y empleó su último suspiro para intentar matar a Patricia. Le lanzó una daga. Un remero que lo vio se lanzó contra Patricia y le hizo de pantalla. La daga se le clavó en el corazón. Empleó su último respiro para decir que se llamaba Luís Gomes. Patricia, François, el grupo de remeros, los piratas que se nos unieron y yo nos pusimos a registrar la casa. En una de las habitaciones había un tesoro enorme. Doblones, joyas, perlas y demás tesoros. Patricia miró al techo, y tras ver una terrible escena, se echó a llorar. Colgado sobre el tesoro estaba el cuerpo, y ya en descomposición, de Don Lope, el padre de Patricia. François la sacó de allí. Los remeros cargaron el tesoro en el «Liberty». Partimos con rumbo a Curaçao, para traer las nuevas buenas a los españoles. Cuando Patricia se recuperó, ya había cesado la lluvia, pidió que enarbolaran la bandera española. Los remeros, reconvertidos en marineros, nombraron capitán a Pedro, Patricia, y ella nombró segundo de a bordo a François que es un noble que conoció el camino del Señor y se unió a un grupo de frailes Calvinistas, y este ordenó con habilidad, como lo haría un lobo de mar, el rumbo a seguir. Los hombres nos respetaban aunque a mí me miraban con cierto recelo.
Vuelta al hogar.
Llevábamos dos días de trayecto, con una velocidad de quince nudos. François dijo que no quedaban más de quince horas para llegar a Curaçao.
Poco después, como un par de horas, vimos a un náufrago flotando sobre una serie de trocos. Patricia ordenó que le subieran a bordo y lo adecentaran. Una vez estuvo aseado y curado se presentó. Era, según dijo, Carlos Pérez, comerciante de Veracruz y amigo de François. Cuando este lo vio, le abrazó, le preguntó por la familia y después fueron a charlar al camarote de François. Estuvieron allí casi doce horas. Mientras yo le comenté a Patricia lo mucho que me atraía el nuevo tripulante. Pasadas las doce horas, salieron François y Carlos. François salía con los ojos llorosos, mientras, Carlos salía con una mirada perdida en el horizonte. Ya se veía el puerto de Curaçao cuando salieron. Nos estábamos acercando al puerto cuando de repente empezaron a dispararnos. Eran cañonazos. Patricia dijo que no lo entendía. Ella miró a lo alto del palo mayor y vio la bandera española. Pidió el catalejo. Cuando vio la bandera que ondeaba en el puerto pidió que izaran la bandera blanca de la rendición. La bandera del puerto era la holandesa. Nos dejaron atracar en el puerto y rápidamente fuimos hechos prisioneros. Patricia pidió que le dejaran hablar con el gobernador de Curaçao, y...
Y aquí nos encontramos ahora. Patricia lleva ya dos horas hablando con el gobernador de Curaçao. Nosotros estamos presos en una celda fría, oscura, húmeda y encima con ratas. Carlos nos ha dicho que igual la han matado, ya que el nuevo gobernante de Curaçao es muy cruel. François y yo creemos que aún está viva. Ahora íbamos a decirles que qué pasaba con nuestro capitán, pero no ha hecho falta porque nos han abierto la celda y nos han dicho:
—Id a vuestro barco. Allí está vuestro capitán. Sois libres, pero si os volvemos a ver por aquí seréis ahorcados.
Ya estamos en el «Liberty». Patricia no está muy contenta y François ha ido a preguntarle qué le pasa:
—¿Qué pasa, Paty?—Le pregunta usando el diminutivo que sólo él y yo usamos.
—Esos holandeses. Me han prohibido volver a mi isla natal. Además, me han dicho que si volvemos por aquí nos ahorcarán. Pero sé donde podemos ir: iremos a Nueva España. Allí tengo familia y un salvoconducto, que es tener carta blanca en esa isla—dice Paty elocuentemente.
Mientras ocurre esto, Carlos me ha pedido mi mano. Yo le he dicho que sí. Partimos hacia Nueva España, con bandera española en el «Liberty». Una bandera que jamás bajaremos, o eso dice Paty. Durante el camino, François nos estuvo hablando de nuestra salvación y de las teorías de Martín Lutero, ya que todos nos habíamos convertido al protestantismo. Llegamos a Nueva España. Conseguimos atracar en el puerto debido a que llevábamos la bandera española. Estamos bajando del «Liberty» y se nos acercan un grupo de soldados. Paty le muestra su salvoconducto e inmediatamente nos piden perdón por el error y nos conducen hasta el gobernador de Nueva España. Nos conducen por un pequeño jardincito hasta el palacio. El gobernador de Nueva España es un hombre bajito, rechoncho y barbudo. No parece muy fiero pero sí muy inteligente. Patricia se pone a hablar con tan simpático hombre y pronto ya tenemos libertad en esta isla.
Por fin, el gran final.
Llevamos ya tres días en Nueva España. Teníamos pensado partir con una expedición que va hacia España, pero no hemos zarpado ya que mañana se celebrará una doble boda. Carlos Pérez se casará conmigo, Claudia de Salcedo y Donaire. Por otra parte se casarán: François Deneur (una vez dejó la vida de noble por la vida eclesiástica, y ahora dejaba la vida eclesiástica por casarse con una gran mujer.) se casará con Patricia Castro de Benítez. La expedición fue aplazada hasta que la capitana del segundo barco en importancia del viaje, estuviera felizmente casada.
El «Liberty» y su capitana Paty puede ser que pase a la historia, tal vez aparecerán en los libros de texto, o tal vez no, pero lo que es seguro es que jamás, jamás, volverá a separarse de sus amigos: François, Carlos, su tripulación, y yo.
Sí, quiero; sí, quiero; sí, quiero; sí, quiero. Yo os declaro marido y mujer. AMÉN.
Cuaderno de Bitácora del "Liberty". A 3 de marzo de 1660. Claudia de Salcedo y Donaire. Tercera de a bordo.............................

Espero os guste, mañana os regalaré otro relato. Nos vemos en "Mi Rincón de Escribir". Nos leemos.

martes, 28 de marzo de 2017

Un relato

Buenas noches desde el rincón en el que escribo.

Como os dije en alguna entrada anterior aquí os dejo uno de los relatos con los que gane un premio, porque lo prometido es deuda, en concreto se trata de:

¡¡¡PUAG!!!
Con este relato gané el segundo premio en un concurso de literatura cuando estaba en el instituto IES Marina un par de años después del anterior, así que fue entre 1996 y 1997.
José Luís Álvarez es un reportero gráfico de la agencia EFE. Lleva seis meses en Ruanda, pero ahora es Navidad y las quiere pasar con su familia a la que hace un año que no ve. Está deseando llegar a su casa. Desea volver a oír a su hermanita llamarle Selu, a su padre abrazarle con las lágrimas en los ojos, a su cuñado comentarle que lo han echado de menos, a su madre ofreciéndole dulces y turrón y a su hermana gemela suplicándole que no se vuelva a marchar. Y sobre todo espera volver a abrazarla. Esta deseando volver a estar con Sonia, su novia desde hace tres años.
Pero a José Luís aún le falta bastante antes de llegar, siquiera, al aeropuerto. Se encuentra en mitad de un campo de batalla. Tiene a su derecha a centenares de personas corriendo fusil en mano hasta otro centenar de los que hasta no hace mucho eran sus vecinos y tal vez amigos. La batalla no le dará nada a nadie, solo les quitará. Les quitará las casas, la familia y tal vez los amigos. A su izquierda Selu tiene a un niño, no mucho mayor que su hermana pequeña, con un fusil en su mano y sus dos piernas mutiladas por una mina que acaba de pisar. El niño está llorando y llamando a su madre. «Mammy, Mammy» grita, pero nadie acude a su llamada. Nadie podría decir cuanto vivirá ese niño. El decide acercarse para ayudarle.
Cuando Selu se acerca puede ver como los trozos mutilados de sus piernecitas están repartidos cerca del niño. Donde tenía sus piernas ahora hay un charco de sangre que no para de brotar como si de un manantial de agua se tratase. Selu se interesa por el estado del crío pero se da cuenta de que el corazón no le late. Él le hace una foto y tras cerrarle los ojos reza una oración pidiendo que su alma sea salvada. Nunca creyó mucho en la otra vida, pero el horror de la guerra y la fe que algunos ponen en sus fetiches y en la vida eterna le han abierto los ojos.
«Deja a ese cadáver y mueve el culo Álvarez» oye cómo le grita alguien desde unos metros más adelante. Se trata de uno de sus compañeros. José Luís se levanta rápidamente y se reincorpora a un grupo de periodistas que también empiezan hoy sus vacaciones. «Tenemos que llegar a las dos al aeropuerto o nos quedaremos en este infierno, Seellu». Dice irónicamente su compañero Ramírez. Cuando acaban de hablar y empiezan a caminar una bomba explota a sus espaldas. La metralla les roza los tobillos y a Tomás Ramírez le impacta ligeramente en el hombro derecho. «No os preocupéis, no me han matado en seis meses que llevo aquí, no me van a matar el primer día de mis vacaciones» dice este sin perder la sonrisa.
Llegan a una zona sin tiroteos. La gente va y viene sin pararse. Los heridos, ayudándose unos a otros, intentan llegar a la enfermería improvisada en una antigua escuela. A dos metros oyen como un camión se abre paso. Se trata del camión donde almacenan a los muertos. El hedor es insoportable. Muertos calcinados, acribillados, mutilados, fusilados, asesinados y reventados. Todos merecen el mismo digno final. Final, que por cierto, no tendrán ya que serán enterrados todos juntos en una fosa común. José Luís busca con la vista al muchacho al que él cerró los ojos. Su cadáver corona la pila de muertos.
Tienen media hora para llegar al aeropuerto a tomar un avión que les deje en España, pero para llegar han de atravesar terreno hostil, en continuos fuegos cruzados y explosiones por todos lados. José Luís piensa por un momento en el turrón de Jijona que su madre tiene preparado y en la cara de su novia, en la tez blanca, los ojos marrones y el pelo rubio de esta. Sonríe sabiendo que su familia le espera ansiosa.
Empiezan a avanzar veloz, pero prudentemente por el campo de batalla. Explosiones; bombas estallando; ruido de balas impactando en el cuerpo de gente que, hasta no hace mucho, eran ciudadanos de a pie; ametralladoras que escupen balas a toda velocidad. Nadie quiere esta guerra, pero todos participan en ella. Selu traga saliva y dice que hay que tener valor para atravesar esta zona. Empiezan a atravesarla y cuando están en la mitad aproximadamente José Luís esta apunto de vomitar por lo que ve. Hay un montón de cadáveres. Un hombre, que en vida tenía bigote, yacía muerto en la parte superior de la pila. El intestino delgado sobresalía más de un metro y los gusanos estaban empezando a comérselos,  incluso los buitres estaban empezando a picotearle en los ojos y en la cara. Una mujer abrazada a su hijo pequeño también sobresalen del montón. «Es horrible Selu, pero no podemos hacer nada por impedirlo, en nuestra mano solo está la posibilidad de informar al mundo. Aunque si no mueves tu culo y aligeras el paso no lo conseguiremos ya que nos dejaran como un colador» dice Tomás mientras le tira del brazo intentando que su amigo se espabile.
—Hace tiempo, cuando era un niño, quise estudiar medicina porque no me entraban nauseas al ver sangre, al contrario, estaba deseando cortarme para poder ver sangre. Pero esto, es demasiado fuerte, incluso para mí—dice José Luís.
—Tranqui Selu, a mí también me impresiona, pero nada, nada me impedirá celebrar las navidades en casa. Ahora si quieres saca unas cuantas fotos de ese horrible montón de muertos hazlo y deprisa—le dice Tomás mostrando su lado más humano.
José Luís saca unas cuantas fotos acabando así el carrete que le quedaba en la cámara, luego continua su camino sin mirar más a aquella pila de cadáveres. El camino se hace angosto y poco transitable, el ritmo de marcha se ralentiza mucho, más si tenemos en cuenta que, además de la dificultad del terreno, tienen que evitar el fuego y las explosiones que casi les rodean.
El aeropuerto, por fin lo tienen a la vista. El avión que les enviara de nuevo a casa, pero aún les separa de él unos trescientos metros.
—Ya me mandaras un pedazo del pastel famoso que hace tu novia Selu, me has hablado tanto de ese pastel que me entran ganas de probarlo—dice Tomás para romper el silencio y tranquilizar los ánimos de sus amigos.
—No Tomás, haré algo mejor, te invitaré un día a mi casa para que lo pruebes, ¿vale? —le dice José Luís con una sonrisa.
—De acuerdo, luego te doy mi número de teléfo... ¡¡¡¡¡ARGH!!! —es interrumpido por un disparo que le atraviesa la rodilla haciéndole estallar la rótula.
—¿Estás bien Tomás? —pregunta preocupado José Luís.
—¡¡¡Puag!!!, ¿has visto cómo te has puesto la camisa blanca? debes de tener más cuidado o tu madre dirá que no te hemos cuidado—le comenta Tomás a su amigo. Después continua - Sí estoy bien, ya te dije que no me matarían en mi último día aquí. Ya sabes lo que dicen, mala hierba nunca muere.
—Me has dado un susto de muerte, y tú te lo tomas a cachondeo—le replica José Luís con una media sonrisa en la cara.
—Tranquilo, que no te desharás tan fácilmente de mi, ahora me vas a tener que ayudar a ponerme de pie y acompañarme al avión—le dice Tomás.
José Luís ayuda a su amigo y compañero a ponerse de pie y le acompaña en su camino al aeropuerto. Ya han rebasado las líneas de fuego cruzado, y las explosiones ya suenan lejanas y a sus espaldas. Ellos se consideran en casa. Entran en el aeropuerto y allí se encuentran con otros compañeros de la prensa gráfica que también partirán hoy. También hay unos médicos de Médicos sin fronteras que le realizan un torniquete en la pierna de Tomás Ramírez y se la vendan. Luego todos se dirigen al avión. Cuando están subiendo por la escalerilla que da acceso al avión una bomba explota a escasos metros de esta. Aunque no produce excesivos daños materiales los nervios se apoderan de los periodistas que aceleran su paso y tropiezan con sus propios compañeros. Cuando está entrando el último en el avión, que curiosamente es José Luís, otra bomba hace explosión. La onda expansiva lanza a Selu contra la pared interior del avión. La azafata cierra la puerta y el avión se pone en marcha y tras un recorrido relativamente corto se eleva. Tomás se acerca al cuerpo de su amigo y lo encuentra completamente sangrando, trozos de metralla han impactado en la espalda de José Luís y la pared del avión le ha reventado la cara.
—¿Te encuentras bien José Luís?—Pregunta llorando Tomás.
—¡¡¡Puag!!!, ¿te has escuchado últimamente? suenas muy cursi, y no te acerques a mi, que como tu madre te vea manchado creerá qué no te hemos cuidado—dice José Luís intentando alegrar a su amigo, luego cambia el semblante y no puede impedir que las lágrimas afloren en sus ojos y continua—Quiero pedirte un favor, amigo mío, quiero que lleves este carrete a la agencia y le dices a mi familia que finalmente no les veré, ¿Vale?
—No, amigo mío, tú no te vas a morir—le dice llorando Tomás.
Cuando Tomás sabe que su amigo ha muerto le abraza y llorando cierra sus ojos pensando en que le dirá a la familia de José Luís, ¿Como decirles que su hijo a muerto? Lo que Tomás no sabe, es que el último pensamiento de su amigo no ha ido destinado a la familia de este, sino al niño que minutos antes le cerró los ojos.
El avión aterriza en el aeropuerto de Barajas, y todavía con las lágrimas en los ojos, Tomás se dirige a la familia de José Luís para dar, las no malas, sino pésimas noticias.
Silvio para la agencia EFE.

Mañana más, nos vemos en "Mi Rincón de EScribir". Nos leemos.

lunes, 27 de marzo de 2017

Personajes Amonathep (yV)

Buenas noches desde el rincón en el que escribo.

Hoy vamos a cerrar esta serie de entradas en la que hemos desgranado un poco más los personajes de la novela. Para acabar he decidido hacerlo con el personaje más importante a pesar de no ser un personaje físico. Me refiero al pueblo en el que transcurre. Aunque en toda la novela no lo menciono pero se trata de mi pueblo natal que no es otro que La Llagosta. EL PUEBLO.

Yo recomiendo que para seguir el relato, siempre y cuando no conozcáis el pueblo e incluso conociéndolo, así puedes marcar en él los caminos, las rutas, los lugares en los que se mueven los personajes y también el o los lugares donde ocurren los asesinatos. Así será más fácil seguir la historia, la trama y entender por qué de cada cosa. Es una recomendación que te hará entender más y mejor la trama pero no es algo imprescindible. Pero si optas por ello, al final de la historia te vendrá bien.

Cómo digo es el personaje más importante. Pero también puedes sustituirlo por el lugar en el que tú vivas, así te resultará más aterrador. Nos vemos en "Mi Rincón de Escribir". Nos leemos.